La cultura como motor de desarrollo económico
La cultura es una inversión, no es un gasto. Durante los pasados treinta años hemos visto cómo la economía puertorriqueña ha experimentado un constante deterioro. Los supuestos planes y reformas gubernamentales han sido poco más que adornos o parchos que pretenden resolver un problema profundo que, hasta el momento, no parece tener un final.
Mientras todo esto ocurre, el turismo continúa consolidándose como uno de los principales motores económicos del Caribe. Nuestra vecina República Dominicana lidera este renglón en la región. Es casi imposible, por no decir categóricamente imposible, competir con nuestros hermanos dominicanos. Sus propuestas de experiencias all inclusive, junto con las fuertes inversiones de cadenas hoteleras internacionales estadounidenses y europeas, han creado un modelo turístico distinto al que existe en la Isla del Encanto.
Sin embargo, Puerto Rico cuenta con un recurso invaluable que, prácticamente por sí solo, recibe fama, reconocimiento y respeto internacional: su cultura. Me refiero a nuestros cantantes, músicos y a nuestras expresiones musicales tradicionales y folclóricas.
Para efectos de este escrito excluiré los géneros urbanos. No lo hago por discrimen ni porque considere que no son dignos representantes de Puerto Rico o que no aportan significativamente al país. Todo lo contrario. La razón es que, en este momento, el género urbano disfruta de una enorme popularidad y de una audiencia global que se traduce en importantes beneficios económicos. Como el propósito de esta reflexión es plantear alternativas para fortalecer económicamente a las demás expresiones musicales puertorriqueñas, he decidido concentrarme en ellas.

Es ampliamente conocido que la plena, la bomba, la música campesina y la salsa tienen referentes internacionales puertorriqueños de enorme prestigio. Cada año llegan miles de turistas a la Isla con el propósito de participar en las Fiestas de la Calle San Sebastián, el Día Nacional de la Salsa, el Ponce Cuna de la Salsa Fest y muchas otras celebraciones similares.
La Compañía de Turismo, los gobiernos municipales y el gobierno central realizan aportaciones importantes para la celebración de estos eventos. Sin embargo, esos recursos suelen concentrarse en la producción del festival, mientras que muy poco de ese dinero llega a los artesanos, músicos, cantantes y demás trabajadores culturales que hacen posible la actividad.
El director de una orquesta que reside en Puerto Rico, el líder de un grupo de plena o bomba, o el trovador que vive en la Isla y debe hacer malabares para participar en estos eventos, recibe muy pocos beneficios en comparación con el enorme esfuerzo que implica montar un espectáculo de calidad. Son largas horas de ensayo, que muchas veces requieren alquilar espacios adecuados. A ello se suman la transportación del equipo y del personal, los gastos de gasolina, peajes, alquiler de vehículos, el pago de nómina, los seguros contra accidentes o demandas y el tiempo que deben pasar lejos de sus familias.
A todo esto, hay que añadir que estos hombres y mujeres también enfrentan la misma realidad económica que vive el resto del país. Sufren el alto costo de la energía eléctrica, la escasez de agua, el aumento constante en los precios de los alimentos y de la gasolina, además de las demás dificultades que afectan a cualquier trabajador puertorriqueño de clase media o trabajadora. Trabajan por amor a la cultura, pero también necesitan generar ingresos para sostener a sus familias.
Entonces surge una pregunta legítima: si se contratan artistas internacionales para nuestros festivales y se les pagan sumas considerables, ¿por qué no pueden destinarse también ayudas económicas para quienes dedican su vida a preservar y promover nuestra cultura?
No se trata de pagar cifras exorbitantes, sino de establecer incentivos, subsidios o programas de apoyo que permitan a estos gestores culturales reducir sus costos de operación y obtener una remuneración más justa por su trabajo.
¿Por qué las entidades gubernamentales, municipales y privadas no coordinan un calendario permanente de festivales artesanales y musicales en los que los artesanos no tengan que pagar por sus espacios de exhibición y venta? ¿Por qué no establecer tarifas justas para los festivales de trova, plena, bomba y salsa? ¿Por qué no unir esfuerzos para desarrollar un gran festival cultural, similar a los de Veracruz o Cali, que reúna todas nuestras expresiones artísticas en un solo evento?
¿Por qué la Compañía de Turismo y el Instituto de Cultura Puertorriqueña no toman estos festivales como ejemplo? ¿Por qué ambas instituciones no asumen la iniciativa y buscan la manera de invertir estratégicamente en nuestra cultura para convertir estas celebraciones en festivales internacionales y de gran escala?
No sé si se trata de falta de interés, falta de visión, desconocimiento sobre el potencial económico de la cultura o simplemente de falta de voluntad para desarrollar nuevas alternativas. Lo cierto es que las autoridades pertinentes no han puesto suficiente atención al arte y a la cultura como herramientas de desarrollo económico. Y no se trata simplemente de montar una actividad musical alrededor de los géneros en los que Puerto Rico se destaca internacionalmente. Se trata de crear una experiencia cultural completa.
Un festival de esta naturaleza tendría que integrar la música, las artesanías, la gastronomía, las artes plásticas, la literatura, la historia y otros elementos que forman parte de nuestra identidad. El visitante que llega a Puerto Rico para disfrutar de nuestra música no solamente compraría una entrada para asistir a un espectáculo. También tendría la oportunidad de adquirir una pieza artesanal, un libro, una obra de arte, un instrumento musical, un recuerdo o cualquier otro artículo que le permita llevarse consigo una parte de la experiencia puertorriqueña.

Además, un festival internacional de esta magnitud podría extenderse durante varios días. Esto significaría que los visitantes tendrían que hospedarse, transportarse, alimentarse y consumir otros servicios durante su estadía. Muchos necesitarían alquilar vehículos para desplazarse por la Isla, visitar otros municipios y conocer nuestros atractivos turísticos. Comerían en restaurantes, comprarían en comercios locales, visitarían museos y otros espacios culturales y participarían de distintas actividades.
Es decir, el beneficio económico no se limitaría a los músicos y artistas que participarían directamente en el festival. Se extendería a los hoteles, restaurantes, transportistas, artesanos, comerciantes, guías turísticos, productores, técnicos de sonido e iluminación, diseñadores, trabajadores de seguridad, compañías de alquiler de vehículos y a cientos de personas que, de una manera u otra, formarían parte de la cadena económica que generaría el evento.
También se beneficiaría el propio gobierno mediante los impuestos y arbitrios que genera toda esta actividad económica. Por eso, cuando hablamos de invertir en cultura, no deberíamos verla exclusivamente como un gasto gubernamental. Una inversión bien planificada en nuestra cultura puede convertirse en una inversión que genere actividad económica, empleos, recaudos y oportunidades para miles de puertorriqueños.
El verdadero reto consiste en cambiar la manera en que vemos la cultura. No debemos pensar únicamente en cuánto cuesta organizar un festival, sino en cuánto puede generar para Puerto Rico cuando se planifica como una industria cultural y turística. Tenemos el talento, tenemos la historia, tenemos la música y tenemos una identidad cultural reconocida internacionalmente. Lo que nos falta es desarrollar una estrategia que conecte todos esos recursos y los convierta en una experiencia capaz de atraer visitantes de todo el mundo.
Si otros países han logrado convertir su cultura, su música y sus tradiciones en importantes atractivos turísticos, Puerto Rico también puede hacerlo. La pregunta ya no debería ser si podemos hacerlo, sino cuándo vamos a comenzar.
Imagínese un festival donde un visitante pueda disfrutar, en un mismo fin de semana, de toques de bomba, plenas, controversias entre trovadores, orquestas de salsa en vivo, artesanías, gastronomía típica, exposiciones de arte y literatura puertorriqueña. ¿Cuántas personas alrededor del mundo no estarían dispuestas a viajar para vivir una experiencia como esa?
Imagine, además, espectáculos simultáneos en el Estadio Hiram Bithorn, el Coliseo Roberto Clemente y el Anfiteatro Tito Puente, todos dedicados a distintas manifestaciones de nuestra cultura. Puerto Rico posee el talento, la tradición y el prestigio internacional para lograrlo.
Hoy prácticamente han desaparecido las discotecas y los salones de baile donde nuestros artistas podían presentarse regularmente. El elevado costo de la electricidad, el mantenimiento, el agua y la nómina hace casi imposible sostener este tipo de negocios. Pero ¿qué ocurriría si existieran incentivos para reducir esos costos y, al mismo tiempo, se promoviera una programación continua de actividades que atrajera tanto al público local como al internacional?
La salsa es el mejor ejemplo del potencial que posee nuestra música. Personas de toda América y Europa viajan a Puerto Rico para asistir a festivales salseros. Nuestro país es un referente musical respetado en el mundo entero. Entonces, ¿por qué no aprovechar ese reconocimiento como una estrategia de desarrollo económico?
No pretendo afirmar que esta sea la solución definitiva a la crisis económica de Puerto Rico. Sin embargo, estoy convencido de que fortalecer la industria cultural aportaría significativamente tanto a la economía del Estado como a la economía de miles de familias puertorriqueñas. Somos una cantera inagotable de talento capaz de ofrecer experiencias culturales únicas durante todo el año. Solo hace falta voluntad para organizarlo y apoyarlo.
En Puerto Rico existen coleccionistas, emisoras de radio, escritores, museos, investigadores y ciudadanos dispuestos a colaborar, establecer alianzas y crear experiencias culturales de primer nivel para nuestros visitantes. Así como en Argentina miles de personas visitan la tumba de Eva Perón, aquí podrían desarrollarse rutas culturales que incluyan lugares vinculados a figuras como Maelo, Rafael Cortijo, Pellín Rodríguez, Gilberto Monroig, Tite Curet Alonso, Noel Estrada, Cano Estremera, Tommy Olivencia, Tito Matos, Sammy Ayala, Tito Henríquez, Chivirico Dávila, Ángel "Cachete" Maldonado, Myrta Silva, Nilita Vientós Gastón, Muna Lee, Lucy Boscana, Sylvia del Villard y Petra Cepeda, entre muchos otros ilustres puertorriqueños.
Seguramente existen muchas más iniciativas que podrían desarrollarse para fortalecer nuestro sector cultural. Estas son apenas algunas ideas dirigidas a mejorar las condiciones de quienes dedican su vida a preservar y promover nuestra identidad. Apoyar a nuestros gestores culturales no solo beneficiaría sus economías personales, sino también las finanzas del Estado y, en última instancia, el desarrollo económico y social de todo Puerto Rico.



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